LA SUERTE DE VARAS, UNA SUERTE TAN NECESARIA COMO BELLA

LA SUERTE DE VARAS, UNA SUERTE TAN NECESARIA COMO BELLA 



¿Por qué no se hace bien la suerte de varas? se preguntan muchos aficionados a los
toros. ¿Desde cuándo no se hace bien? Posiblemente, haya que remontarse a cuando no
existía el peto, es decir, antes de 1928 -en realidad 1930, que es cuando se incorporó por
primera vez a un reglamento taurino nacional-. Y si se hacía bien es porque no quedaba
más remedio que frenar con la vara -la “vara de detener”, como se llamaba
antiguamente- la acometida del toro para que no llegara a alcanzar el caballo, herirlo de
muerte y el picador diera con sus huesos en la arena. Por ello, en épocas pretéritas, los
picadores tenían ganada tal fama que llegaban a eclipsar a los propios matadores. 



La suerte de varas es absolutamente necesaria en una corrida de toros y aún lo es
más en el momento de la tienta en el campo, sean hembras o machos, para elegir a los
futuros progenitores de la ganadería. Aunque puede parecer baladí tener que explicar a
estas alturas qué es la suerte de varas y para qué sirve, no está de más recordarlo. 



Picar en el morrillo 

La suerte de varas sirve para medir la bravura del animal y comprobar si se crece
o no ante el castigo. Tiene que entrar al menos dos veces al caballo porque la primera no
sabe con qué se va a encontrar. El caballo y el peto tienen que ser ligeros. Se deberá
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dosificar el castigo, que se tiene que aplicar de forma medida y en varias veces. Dice el
reglamento nacional de 1996 que el picador ejecutará la suerte obligando a la res por
derecho-y por la derecha-, quedando prohibido barrenar, tapar la salida de la res, girar
alrededor de la misma, insistir o mantener el castigo incorrectamente aplicado. El
picador debe lanzar la puya que debe caer en el morrillo –en la parte final del mismo- y
no en la cruz y, menos aún, en la parte dorsal y caída de la espalda, ya que la
proximidad de la piel a las vértebras de la columna, le ocasionaría un gran daño
muscular y en los nervios de la zona. Se trata de frenar con el palo la acometida del
animal y no dañar con la puya los músculos de las paletillas y de la espalda, así como
las terminaciones nerviosas de la columna. Al contrario, se pretende ahormar y
acondicionar la embestida del toro, hacer que se descuelgue del cuello, evitar el cabeceo
a un lado y a otro, rebajar el poder del animal para la faena de muleta y
descongestionarlo con la liberación de una cantidad prudencial de sangre, no más allá de
2-3 litros, de un total de unos 40-50 litros que posee un toro de 500-600 kilogramos de
peso. 



¿Pero cuántos picadores son capaces de hacer la suerte de varas correctamente?
¿Cuántos quieren hacerla? Y lo que es más preocupante, ¿cuántos toros actuales pueden
soportarla por falta de bravura y de pujanza? ¿Existen picadores y toros capaces de
ofrecer una suerte de varas auténtica? 



Picar en el morrillo y no en la cruz y, peor aún, más atrás y caído no es un
capricho, es una necesidad, rayando en la obligación. El morrillo -los antiguos le
llamaban cerviguillo- es un carácter sexual secundario de los machos bovinos enteros,
donde se puede llegar a acumular una importante masa muscular (músculos trapecio y
romboides cervicales, principalmente) y hasta varios centímetros de grasa subcutánea. 



Reglamentos taurinos 



En uno de los primeros reglamentos taurinos, el elaborado por D. Melchor
Ordóñez para Madrid (1852), se decía que había que picar “en el sitio que el arte exige”
(Art. 18). Más tarde, en el reglamento de Ruiz Giménez (1917), promulgado para las
plazas de 1ª categoría (Madrid, Barcelona, Bilbao, San Sebastián, Sevilla, Valencia y
Zaragoza), se indica que hay que picar “en el sitio que el arte exige, esto es, en el
morrillo” (Art. 52). Y eso que en aquella época aún se picaba sin peto. Una vez que
llegan los reglamentos nacionales (1930, 1962 y 1996) no se dice en qué parte
anatómica del animal debe caer la puya, lo mismo que en los reglamentos autonómicos
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de Navarra (1992), País Vasco (1996), Aragón (2004) y Castilla y León (2008);
únicamente, en el de Andalucía (2006) se dice que hay que picar, preferentemente, en el
morrillo (Art. 54.4). Curiosamente, el reglamento francés dice que “el picador deberá
picar en lo alto del morrillo” (Art. 73.4). 



Como se ha dicho más arriba, donde no hay que picar nunca es en la cruz que,
para colmo, es donde se dice que hay que picar. Es un gran error. En el ganado vacuno
la unión de las extremidades anteriores con el tronco –llamada sinsarcosis- se hace a
través de las escápulas y de diferentes músculos y cartílagos y no de las clavículas como
en los humanos. Ello hace que esta zona sea frágil y muy vulnerable a los efectos de la
puya, ya que afecta a zonas musculares, vasculares y nerviosas, porque en ese lugar ya
se ha acabado el morrillo. Pero aún es peor picar más atrás donde la distancia entre la
piel y las apófisis espinosas de las vértebras dorsales es muy pequeña -sólo unos pocos
centímetros-, pues afecta directamente a la columna vertebral. La acción de la puya hace
que se puedan romper dichas apófisis y sobre todo afectar a las conexiones nerviosas
que llegan y salen de la columna. Y lo que es absolutamente intolerable, además de
picar atrás, es hacerlo caído, pues se afectarían las apófisis transversas, ramas
neuronales e inserciones musculares, así como músculos de la espalda –longissimus y
multífidus dorsalis, entre otros-, e incluso, se podrían perforar los pulmones. En este
caso, el desaguisado es mayúsculo y no es extraño que los toros salgan de la suerte de
varas trastabillándose y rodando por el suelo. Y además porque, cuando se pica atrás, se
consigue el efecto contrario en uno de los objetivos fundamentales de la suerte de varas:
el toro tiende a levantar la cabeza en vez de humillar en los siguientes tercios. Esto es
necesario que lo sepan los toreros. 



El mayor quebranto del toro actual es porque se pica en la cruz o más atrás y
además caído, ¡hace muchos años que los picadores saben dónde se hace daño de
verdad! Es admirable la resistencia de bastantes toros que, después de sufrir una suerte
de varas criminal, aún son capaces de ofrecer 70-80 muletazos en el último tercio.
Lamentablemente, muchos toros se siguen estropeando en la suerte de varas. 



Sensibilidad de los espectadores.



 Dicen los detractores de la suerte de varas que la sensibilidad actual de los
espectadores no la admite. Y lo más grave es que esto lo apoyan bastantes “taurinos” y
algunos ganaderos que se creen influyentes. Cuando la suerte se hace correctamente,
con caballos ligeros y “toreros” (los reglamentos actuales prohíben picar con caballos de
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razas traccionadoras –Art. 60 del reglamento nacional de 1996- pero, ¿no habría que
considerar como tal los cruces de estas razas con el caballo español o el lusitano, por
ejemplo?), picando delantero y dosificando el castigo, ante un toro con casta y poder, la
gente disfruta, se levanta de los asientos, proporciona una ovación de gala e, incluso,
obliga a dar la vuelta al ruedo al picador, generalmente acompañado de los subalternos
que justo después, contagiados por el momento, realizan una gran suerte de banderillas.
Hace falta la generosidad del matador que permite el lucimiento del toro y de su
cuadrilla, aunque ello le robe pases a su faena de muleta. 



Es verdad que habrá que educar al público que acude a las plazas de toros y
hacerle ver que la suerte de varas es uno de los pasajes más importantes de la lidia,
incluso, de la tauromaquia, que es tan necesaria como bella cuando se hace bien. Lo
que hay que desterrar sin compasión es el monopuyazo, que es la antítesis de la esencia
de dicha suerte, así como la suerte de la “carioca”, inventada en su día para impedir la
salida de los toros mansos que huyen de la suerte. Y tampoco es necesario rebajar el
“castigo” de la puya actual si se hace correctamente la suerte. Lo que sí habría que hacer
es acortar la longitud del faldón del peto, como se indica en los reglamentos
autonómicos de Navarra y Aragón, en los que se dice que deberá quedar a una altura no
inferior a 65 cm. del suelo (Arts. 62 y 50.2, respectivamente). De esta manera, los toros
que humillan y con poder tienen la posibilidad de levantar el caballo del suelo y sentir
que pueden vencer a su enemigo. En los reglamentos de Andalucía y de Castilla y León
se dice que el faldoncillo delantero no estará a menos de 30 cm. del suelo, que es una
distancia claramente insuficiente. 



En Francia por ejemplo, en veinte o treinta años lo han conseguido,
especialmente, en media docena de plazas relevantes. Y no es que el público francés sea
menos sensible que el español. Los espectadores entienden que la suerte de varas es
necesaria, pero exigen al mismo tiempo que se haga bien, protestando aquello que se
hace mal y, por supuesto, no permiten que el picador rectifique el puyazo por su mala
pericia. No hay cosa más bonita que contemplar a toda una plaza entusiasmada viendo
cómo se arranca un toro al caballo, de un extremo otro del ruedo, en un tercer o cuarto
puyazo, aunque haya que picar con el regatón. En ese momento el público no ve la
sangre ni el posible sufrimiento del toro, especialmente, si el toro es bravo, con trapío y
con poder. Porque este es el quid de la cuestión. 



Toro noble y soso, sin fuerza 



Los ganaderos, forzados por los “taurinos” influyentes, se han visto abocados a lo largo
del siglo pasado y, especialmente, en las últimas décadas de éste, a seleccionar un toro
más noble que bravo, con la consiguiente pérdida de fiereza y de fuerza, un toro
bonancible y previsible que no aporta emoción a la Fiesta. 



El arte sin emoción en el toreo no es arte (“nos ahoga la estética” decía
Unamuno). Cuando el público acude a una plaza de toros quiere sentir emoción y
autenticidad, de lo contrario, le costará volver al tendido. Y cuando ese público, que no
hace falta que sea aficionado, comprueba por sus propios ojos que la lucha entre el toro
y el caballo es equilibrada, que el toro tiene “casta, poder y pies” -en palabras de Ortega
y Gasset-, que se viene arriba a partir del primer puyazo, que no se deprime porque
intuye que puede vencer a su enemigo, que incluso parece que disfruta en el combate,
ese toro no da pena al espectador. Si además se hace bien la suerte entonces se puede
llegar al delirio colectivo… Para todo ello, hace falta conocimiento, valentía y
generosidad de todos los protagonistas presentes en el ruedo. 



Otra cosa bien distinta es cuando el enemigo al que se enfrenta el picador es un
toro con sospecha de manipulación, sin acometividad y con poca fuerza, incapaz de
acudir dos o tres veces al caballo. Entonces, además de no poder hacer la suerte
correctamente, da pena a los espectadores. Es absolutamente indispensable volver a la
senda del toro bravo que sea capaz de enfrentarse con éxito a esta suerte, picar con
caballos ligeros y de gran movilidad y hacer la suerte correctamente. Cuando estos
factores se conjuguen, la suerte de varas volverá a tomar el protagonismo que nunca
debió perder y será un puntal para seguir sosteniendo la Fiesta de los toros y, con ella, la
Tauromaquia. Porque una cosa es segura: la desaparición de la suerte de varas sería el
fin de la Tauromaquia. 



Se trata en definitiva, de que los espectadores vuelvan a respetar y admirar a los
picadores, porque hacen bien la suerte de varas: citar de lejos, tirar el palo, picar
delantero y arriba, no barrenar, dosificar el castigo en varios encuentros y no tapar la
salida del toro, ¿tan difícil es picar así? 


Antonio Purroy 

Santiago Martín “El Viti” 

Antonio Miura 

Venancio Blanco 

Rafael Cabrera 

François Zumbiehl