Filosofía aplicada a la tauromaquia. Por Francis Wolff.

El nombre de Sevilla fue el alfa y omega del pregón taurino que ayer pronunció en el Teatro Lope de Vega el filósofo parisino Francis Wolff. El francés se definió como un enamorado de la ciudad y realizó un interesante paseo plagado de fechas e instantes grabados en su memoria de corridas de toros celebradas en el coso de la Real Maestranza. Hubo tiempo incluso para la reivindicación de la fiesta en los 64 minutos que duró la declamación de una pieza compuesta única y exclusivamente en prosa.


El prólogo al acto lo pronunció la delegada de Fiestas Mayores del Ayuntamiento, Rosamar Prieto-Castro, que hizo referencia a las primeras páginas del libro Historia de dos ciudades de Charles Dickens y abogó, en estos tiempos convulsos para los toros, a defenderla como "un estilo de vida", apoyando su afirmación con varios símiles taurinos que se usan en la vida cotidiana. Tras acabar su intervención elogiando el calibre intelectual del pregonero, la Banda Sinfónica Municipal interpretó el pasodoble Churumbelerías para dar paso al presentador Bruno Delayé.


El embajador francés en España definió a su paisano como "peligroso", debido a que es un "filósofo de talento y los filósofos, por naturaleza, molestan, ya que se interesan por la esencia de las cosas". Llevado ya al campo taurino, Delayé afirma que una de las virtudes de Wolff es que "nos obliga a pensar en la afición a los toros desde una amplia reflexión filosófica".


Definió a su paisano como un "brillante intelectual" y pasó a narrar los primeros pasos de Wolff como aficionado a los toros en 1969 en la Provenza francesa, concretamente un sábado de Pentecostés en Nimes. Por último, Delayé agradeció tanto al alcalde como al teniente hermano mayor de la Real Maestranza de Caballería el hecho de que invitaran a dos ciudadanos franceses para presentar y pregonar. "Un gran honor".


Tras la interpretación de España Cañí por parte de la formación musical que dirige Francisco Javier Gutiérrez Juan, Francis Wolff tomó el estrado y empezó su pregón con la palabra clave de la pieza: Sevilla. Siguió nombrando los barrios de una ciudad que en Domingo de Resurrección "aún está impregnada por las saetas pero que empieza a asumir la embriaguez del pasodoble del primer paseíllo. Es dos veces Sevilla. Hoy eres el centro del mundo. Estoy a tus pies desde antes de conocerte". Ese sentimiento, según narró, se incrementó en Wolff cuando en 1969 sintió "la revelación taurina. Desde entonces Sevilla fue la tierra prometida".


El filósofo inició su recorrido por fechas y corridas de toros con su primera vez en la Maestranza, el 14 de abril de 1972 en la que escuchó, en una corrida del Marqués de Domecq, seis silencios que tachó de "escalofriantes". Sólo cuatro días después, en una corrida de Carlos Núñez en la que Diego Puerta y Paco Camino deslumbraron con un recital de quites, Wolff ya confirmó que "Sevilla era la que había soñado. Aquel día comprendí lo que era el arte total".


La parte central del pregón la estructuró con la comparación de la tauromaquia con las cuatro grandes corrientes de la filosofía griega. La idea de la idea platónica, según Wolff, se manifiesta cuando al matador se le grita "torero" desde los tendidos, como por ejemplo en 2005 al Cid con su primer Victorino. La aristotélica se manifiesta de manera que "el toreo da forma a una materia, como Juan de Mesa hizo con la madera para convertirla en el Gran Poder". Este concepto le sirvió para enlazar un natural de Curro Romero en el 99, que "duró ocho años", con otro de Alejandro Talavante que recogió el testigo en 2007, definido por Wolff como un "sobrenatural". El estoicismo lo desarrolló en las cuatro virtudes canónicas del toreo: el valor, la dignidad, el dominio y la lealtad, que resumió en una frase "el derecho a matar el toro se paga con el riesgo de poner la vida en juego". Por último, en el epicureísmo fue más llano y aludió a las tertulias sobre toros como la forma de encontrar el placer del cuerpo y alma. 


Dejó para el final el aspecto más reivindicativo, afirmando que tras haber escrito el libro 50 razones pare defender los toros, entiende que "la única razón que cuenta hoy es que los toros nos gustan. Dejemos las demás y vayamos a los toros. Llevemos a nuestros hijos, a nuestros padres y a nuestros primos catalanes y gallegos", arrancando el primer y sonoro aplauso de un público que se divertía con el relato del filósofo francés, palmas que se repitieron tras instar a la afición taurina a luchar por la fiesta. "Allez Sevilla, inicia la reconquista y cuenta con el apoyo de los ejércitos franceses del norte".


Con la temperatura del pregón ya en su máximo grado, Francis Wolff finalizó su declamación mentando a muchos de los toreros sevillanos más relevantes de todas las épocas, pero dejando para el final al Faraón de Camas. "Somos todos y para siempre Curro Romero. Sevilla, Sevilla, Sevilla". Terminando su pieza con la misma palabra con la que la empezó y escuchando al público aclamarle al grito de "torero, torero".