MANEJO, CUIDADOS Y PRECAUCIONES EN EL TORO ENFERMO

MANEJO, CUIDADOS Y PRECAUCIONES EN EL

TORO ENFERMO

 

JUAN MIGUEL MEJíAS RAMíREZ

Veterinario de ganaderías de lidia

 

En primer lugar querría agradecer al Comité Organizador del IX Symposium del Toro de Lidia haber pensado en mi para defender una ponencia que por temática tan obvia y aparentemente sin grandes interrogantes, no deja de representar en esta caso del bovino de lidia uno de los factores más importantes en la clínica diaria. También, por dejar constancia, como hace edición por edición, de la labor tan importante que el manejo representa para el toro, fruto de los éxitos o desgracias que una ganadería puede tener al final de una crianza sembrada de dificultades como es la del toro de lidia.

 

INTRODUCCIóN:

Al ser la de lidia una raza entre los bovinos de carácter especial, necesita personal, manejo, instalaciones, cuidados y tratamientos especiales adaptados a su particular idiosincrasia.

En primer lugar, debemos destacar las características del personal encargado de su manejo y cuidados, o sea, de mayorales y vaqueros, que han de ser individuos altamente especializados, muy vocacionales, con un largo aprendizaje, el cual casi siempre comienza en la infancia y que requiere muchos años y sobre todo, muchísima dedicación y sacrificio, debiendo compartir en la mayoría de los casos tanto la afición al toro como al caballo. Casi todo buen mayoral ha de ser buen jinete, las características obvias del manejo que necesita el bovino de lidia hace que dominar la monta a caballo por aquello llamados a manejarlo, sea el primer requisito para conseguir que las operaciones salgan bien y asegurar la integridad del trabajador. El vaquero debe sufrir numerosas situaciones donde su pericia al caballo podrá asegurar su vida y convencer a quien embiste, vaca o toro, que no conseguirá nada por esa vía, de modo que su pericia ayudará a no forzar esas situaciones que normalmente no traen buenas consecuencias.

La vocación que citaba necesita un vaquero y un mayoral de una ganadería, es la que le hace pasar muchas horas sobre el caballo, tener la paciencia para ir engañando poco a poco a los animales hasta conseguir el aparatado de un toro, descubrir dónde ha nacido una becerro y esquivar a la madre, y muchas otras situaciones que el campo bravo a diario regala a quien está trabajando allí. A veces es como si se consiguiera una simbiosis entre el vaquero y mayoral con sus reses, estarán acostumbradas a sus voces, a sus tonos, al caballo que monta y a sus gestos, reconociendo en él o en ellos, a los que necesariamente tienen que obedecer.

El vaquero y mayoral corresponderá a esa simbiosis conociendo a cada una de sus reses, de sus vacas y novillas, añojos, erales, utreros y toros de saca. Sabrá qué le pasa a cada uno y si puede padecer alguna enfermedad, cornada, molestia nada más verlo. Tienen la especial susceptibilidad para desarrollar la sensación que solo el campo lo da, de cuando se avecina pelea en el cercado, de cuándo es mejor separar un toro que parece tener recelo con algún hermano de camada antes de que se produzca una fatídica pelea de imprevisibles consecuencias, de sus querencias y el especial carácter de cada uno. Saber por ejemplo, qué perro tiene que emplear e ir enseñando para separar a los toros y de cuándo tiene que llevarlos preparados porque se avecinan momentos peligrosos en manejos, apartados, cambios de cercas, etc. De la misma forma que tiene que conocer a sus caballos, cuáles son más idóneos para una labor u otra, sus aptitudes y sobre todo, la doma que se les ha de dar para llevar a cabo esta especial dedicación en la ganadería.

Las instalaciones de manejo (corrales, mangada, etc.) han de cuidar detalles que no se contemplan tanto en el manso; así se deberán evitar rincones, esquinas y aristas pronunciadas procurando que sea todo lo más redondeado posible, así como, que el enlucido de las paredes sea muy fino para minimizar traumatismos, rotura de pitones, astillas y desolladuras en distintas partes del cuerpo que inutilizarían a los animales para la lidia. En cualquier sito puede surgir un peligro que en determinado momentos del manejo de estos animales puede causarles lesiones, no sólo en los pitones, sino en el cuerpo o extremidades, y por ello el mantenimiento y la vista de los encargados, vaqueros y demás personal deberá ser minucioso solucionando cualquier punto de peligro.

 

 

En ganado manso no se mantienen los machos hasta los 4 o 5 años (excepto sementales) y en el de lidia sí, por lo que disputas y peleas entre ellos son mucho más frecuentes. Por tanto, debemos tener los medios necesarios para evitar las mismas, como cercados suficientes, corrales, etc... que aseguren el manejo adecuado, e impidan que reses que no han estado nunca en contacto y no se conocen puedan llegar a coincidir en un cerrado o corral.

Los tratamientos en ganado bravo deben realizarse de forma que molesten al animal lo menos posible. En un manso podemos hacer curas y tratamientos a diario, en un bravo esto es inviable.

En esta ponencia nos vamos a ceñir al toro, al animal desde los 3 años en adelante, obviando su vida anterior y centrándonos más concretamente a éste cuando presenta alguna patología.

 

MANEJO Y PRECAUCIONES:

Cuando se nos presenta un problema del tipo que sea (infeccioso, alimentario, traumático o de cualquier otra índole) lo primero que tenemos que hacer es evaluar su gravedad, su urgencia. Asimismo, del lugar en que nos encontramos y de la idoneidad de acceso (caso de que haya que tener que trasladarlo posteriormente a las operaciones que en él se realicen, o por la presencia de otros hermanos de camada que supongan un peligro para el éxito del manejo que se vaya a efectuar).  Así, será necesario prever si habrá que separarlo o no de su grupo, y si por la duración del tratamiento no sólo estará indicado lo anterior, sino qué tipo de instalación sería la más idónea de entre las que cuenta la ganadería.

En los tratamientos individuales sobre ese animal enfermo, si se va a necesitar de sedación o anestesia general, todo esto con el fin de tomar las decisiones idóneas al respecto, pero siempre poniéndose en lo peor. Estos pacientes suelen darnos pocas oportunidades para rectificar errores pues en ocasiones, se producen de una manera tan inverosímil que se unan tantas circunstancias contrarias, que parecen pocas las medidas preventivas que se han tomado o que algún maleficio ha tenido que ocurrir, dada las extraordinarias coincidencias que se han conjurado para hacer de lo imposible, real.

Casi siempre que tenemos que actuar sobre un animal enfermo habrá que separarlo del grupo para evitar agresiones (si es necesaria la anestesia) y a ser posible reintegrarlo en él en el menor tiempo posible y evitar problemas de jerarquía. En el caso de que tuviera que estar aparte mucho tiempo, siempre le pondremos luego compañeros de menor rango jerárquico; así a un toro o a un utrero le pondremos añojos o erales con lo que conseguiremos dos cosas: una que esté acompañado (cuestión importantísima) y otra, que no lo molesten, así evitaremos que esté siempre en alerta y pendiente de todo sin relajarse ni confiarse, siempre será él el quien mande en el grupo o cercado, siendo respetado y temido por los acompañantes asegurará su recuperación y reincorporación a la vida normal de la ganadería.

El lugar idóneo para apartarlo será un cercado (nunca en corrales de manejo y chiqueros porque aquí son mas frecuentes se lastimen los animales y muestran además, más signos de defensa, irritabilidad, intranquilidad, etc.) cómodo, no muy grande y de fácil acceso a los corrales para poder intervenir sobre él cuando sea necesario.

Cuando las lesiones que presente sean de tal gravedad (evisceraciones, palizas) que no podamos apartarlo del grupo porque sea imposible o desaconsejada su movilidad o, él no nos deja hacerlo por su tenaz resistencia, procederemos de forma contraria, es decir, quitando y llevando a sus compañeros a otro cerrado dejando al animal enfermo en el suyo, en el que normalmente está. Para hacer esto y que el toro enfermo no se excite, primero lo anestesiamos y cuando comience a hacer efecto el anestésico, con habilidad, quitaremos a sus compañeros para evitar que lo agredan. A la terminación de las operaciones que hayamos efectuado sobre el animal, en cuanto esté despierto lo reintegraremos con el resto del grupo. Previamente habiendo retirado todos los restos de sangre y fluidos en el animal y el suelo para evitar posibles olores que exciten a los demás y provoque más disputas.

En el toro bravo casi todos los problemas que hay que resolver son traumáticos (cornadas, puyazos, fracturas) y casi siempre tenemos que recurrir a sedación o anestesia del mismo. Si sólo necesita tranquilización, el problema lo resolveremos en los corrales. El sedante lo aplicaremos con cerbatana o jeringa de garrocha para procurar hacerle el menor daño posible. Una vez sedado, podemos ya inmovilizarlo en el mueco o en la mangada de manejo procurando hacer todas las operaciones lo más despacio y tranquilas posible, sin voces, sin puyas eléctricas, sin violencia de ningún tipo que irrite innecesariamente al animal, pues él nos respondería defendiéndose y ganándonos la partida, ya que su fuerza y posibilidades son mucho mayores y lo peor, podría ser causa de agravamiento del proceso que tuviera, o causara lesiones a alguien o a él mismo, con independencia de su enfermedad, herida o proceso que fuéramos a curarle.

En el caso de tener que utilizar anestesia general, si es en campo abierto procuraremos escoger un lugar lo más idóneo posible. El cercado ideal para anestesiar será llano, sin arroyos, sin charcas y sin lugares donde él pueda refugiarse (zarzales, monte, piedras...). Si la anestesia la vamos a aplicar con rifle o cerbatana, procederemos sin prisa, acercándonos con el coche, tractor o caballo a la distancia exacta de tiro, no importa el tiempo que tardemos en cuadrar al animal, porque nunca nos debemos precipitar, a veces el animal solo nos va a dar una oportunidad para poder dispararle el dardo y por tanto, hay que asegurar el disparo al máximo (no se puede fallar). El lugar elegido para la inyección será el cuello o la nalga (lugares con mucho riego) para que la anestesia se absorba con rapidez. En el cuello es más seguro y rompemos menos material; en la nalga suele haber cicatrices de las marcas a fuego que harían rebotar el dardo o impedir la entrada del anestésico y además, al caer puede rompernos el dardo.

 

Los productos empleados en estos animales (antibióticos, antiparasitarios, repelentes, antiinflamatorios, etc.) deben ser siempre de larga acción, sobre todo para evitar lo más posible repetir tratamientos y sus consecuentes manipulaciones, por que en ese caso todas las operaciones serían mucho más difíciles y tendríamos que proveer sitios donde se pudieran vencer las prevenciones del animal.

En ocasiones tendremos que recurrir a tratamientos por vía oral, sobre todo en problemas de aparato digestivo (indigestiones, alcalosis, acidosis, etc.), aplicación de rehidratantes, flora ruminal o estabilizadores de rumen, que ante la total imposibilidad de aplicarlos manualmente por el carácter de estos animales, lo haremos en el agua de bebida o en el pienso según los casos.

El toro es un animal que va a tomar estas manipulaciones como una agresión, en consecuencia deberemos actuar en consonancia, escuchando también las opiniones de vaqueros o mayorales que nos dirán cuáles son sus querencias o lugares de descanso, y los terrenos de la cerca o finca donde mejor podríamos intervenir al animal. Deberemos tener en cuenta todo aquello que asegure el éxito de nuestra actuación, especialmente la salud y recuperación del animal junto a la seguridad de todos los actuantes; cuestión muy importante para terminar felizmente las operaciones sobre él y el resto de la ganadería.

Realizar y proceder sistemáticamente, a una orden, siempre bajo una dirección para que no haya malentendidos de fatales consecuencias, con tranquilidad pero con eficacia, con disciplina como en suturas (evitamos tener que actuar de nuevo) y en la retirada de fluidos y restos orgánicos que infundirían a sus congéneres a sospechar debilidades y atacarle. El toro es peligroso antes de las operaciones y también después, cuando se le despierta o inmediatamente después del antídoto, no debemos confiarnos y guardaremos siempre las medias preventivas necesarias; por todos y por él. Si logramos despertarlo en lugar apropiado, sin nada ni nadie que le moleste, aseguramos un buen inicio de recuperación.

Para terminar, hacer hincapié en todo lo expuesto, aun cuando sea una obviedad. No tener prisas, sin violencia, minimizando al máximo las actuaciones sobre el animal para que aprendan lo mínimo posible. Es muy importante tener seguridad absoluta de que todo está terminado antes de despertar al animal y sobre todo y ante todo, no olvidar ser prudente (aunque nunca miedoso), tener siempre respeto al toro. Muchas gracias.