IMPLICACIONES ÉTICAS DE LA PRODUCCIÓN DE TORO DE LIDIA

IMPLICACIONES éTICAS DE LA PRODUCCIóN DE TORO DE LIDIA

Dra. Marta Elena Alonso de la Varga

INTRODUCCIóN.

Hablar de Bioética y Toro de Lidia supone entrar en un campo que, a priori, no suele resultar atractivo para veterinarios, ingenieros agrónomos, ganaderos y aficionados en general. Sin embargo, conocer los distintos argumentos éticos permitirá su utilización en defensa de la producción de ganado bravo.

Existe un elevado número de peligros a los que la fiesta se enfrenta en los últimos años. Unos derivan de nuevos riesgos sanitarios y enfermedades emergentes, como la lengua azul y las consiguientes restricciones de movimientos de animales derivados de la normativa legal comunitaria de obligado cumplimiento que pusieron en jaque la viabilidad económica de algunas ganaderías al no poder vender sus productos; aunque beneficiaron a otros, claro está. Sin olvidarnos de viejos “conocidos” como son el fraude o “afeitado”, la caída o la falta de casta. Otros están relacionados con la legislación europea en materia de bienestar que será abordada en extenso por mi compañero en esta mesa D. Luis Alberto García Alía. Y otros surgen de los cambios sufridos por la sociedad que han llevado a una evolución en las relaciones entre el hombre y los animales.

Centrándonos en este último punto, cabe comentar que existen varias causas que motivan dicha evolución. En primer lugar, destaca el incremento de la población urbana observado desde la Revolución Industrial. Así, durante un largo periodo de tiempo buena parte de la población que vivía en el entorno rural tenía un estrecho contacto con los animales pertenecientes al núcleo familiar de los cuales dependía su subsistencia, bien por tratarse de animales criados para el autoconsumo o bien porque la venta de los productos obtenidos de dichos animales mejoraba la exigua economía. Con el desplazamiento de la población al entorno urbano en los países más desarrollados esa conexión con los animales se pierde. Por otro lado, dado que el hombre es una especie social y que necesita el contacto con la naturaleza en alguna de sus formas, aumenta el porcentaje de la población que tiene animales de compañía, y no sólo de las especies tradicionales como perros y gatos, sino también de otras consideradas hasta tiempos recientes únicamente como animales de granja, como son los conejos o los cerdos. Esa convivencia estrecha con los animales hace que sean considerados como miembros de la unidad familiar, aumentando el estatus moral que se les otorga y, por extensión, a los demás pertenecientes a la misma especie. El tercer factor a considerar es el aumento del conocimiento científico que ha propiciado la difusión de las similitudes entre humanos y animales, tanto fisiológicas como genéticas (compartimos un gran porcentaje de genes con especies tan alejadas como las ratas). Todo ello ha motivado un cambio en el grado de sensibilización ante el uso que hacemos de los animales.

Los usos que levantan una mayor polémica son la ganadería intensiva “industrial”, la investigación con animales y la utilización de los animales para eventos lúdico-deportivos como pueden ser la caza, las carreras de caballos o galgos, los zoológicos y circos y, cómo no, los espectáculos taurinos.

Aunque este cambio en la sociedad nos puede parecer reciente, debemos hacer un repaso histórico a las corrientes filosóficas para poder adentrarnos en las teorías bioéticas. Así, una de las primeras referencias que tenemos de la consideración moral de los animales data del siglo V antes de Cristo cuando Pitágoras y otros coetáneos, creían en la reencarnación y en la permanencia del alma que consideraban se encontraba también en los animales a los cuales situaban en un plano moral de igualdad con los humanos, por lo que abogaban por un estilo de vida vegetariano para evitar el sacrificio de los animales para su consumo. Posteriormente, Aristóteles con su gran influencia cambia la consideración moral de los animales al argumentar que su plano no puede ser de igualdad al carecer los animales de capacidad para razonar.

Las principales religiones monoteístas sitúan al hombre en un plano de superioridad con respecto a los animales, pero introducen el “mandato divino de cuidar y proteger a los demás seres de la creación”. El cristianismo integra parte de la filosofía griega aristotélica y refrenda la posición moral de superioridad del hombre, con lo cual el uso de los animales no se ve cuestionado durante muchos siglos.

En el siglo XVII René Descartes, filósofo, matemático y científico, contribuyó al mantenimiento del status quo en cuanto a la consideración moral cristiana de los animales, al sostener que su funcionamiento era mecánico careciendo, incluso, de capacidad para sentir dolor. Como hombre de ciencia de su tiempo, está documentado que realizó vivisecciones en perros totalmente conscientes. Su creencia le llevaba a explicar que las vocalizaciones emitidas por los animales ante estímulos dolorosos se debían a un acto meramente reflejo.

Ya en el siglo XVIII, el filósofo y naturalista escocés David Hume, duda seriamente sobre la ausencia de capacidad para sentir dolor de los animales. Es más, cree que los animales tienen capacidad de entender y razonar y que “como los humanos, aprenden muchas cosas de la experiencia”, siendo su corriente seguida por otros científicos de la época, entre los que ocupó un lugar destacado C. Darwin, aunque no tienen gran repercusión debido a la influencia de la religión en ese momento.

En ese mismo siglo la figura más relevante e influyente es la de Emmanuel Kant, filósofo alemán, que aboga por la igualdad entre humanos en cuanto a la consideración moral que merecen, de modo que “ninguna persona puede ser utilizada como un medio para beneficiar a otra persona”. Cabe destacar que esta propuesta se realiza en el seno de una sociedad en la cual la esclavitud y la supremacía del hombre sobre la mujer se consideran algo absolutamente normal. Sin embargo, para Kant los animales no pueden ser considerados en el plano de igualdad pues carecen de muchas de las capacidades humanas. Basándose en la igualdad entre seres, pero incluyendo a los animales, Tom Regan, filósofo estadounidense del siglo pasado llegaría a desarrollar el argumento ético de los derechos de los animales.

A caballo entre los siglos XVIII y XIX, aparece la figura de Jeremy Bentham, filósofo inglés, padre del “utilitarismo”, corriente ética que busca alcanzar “la mayor felicidad posible para el mayor número personas”. Sus principios fueron adaptados a la ética animal en el siglo XX por algunos autores entre los que destacó Peter Singer.

ARGUMENTOS Y TEORIAS BIOéTICAS

Todo este bagaje filosófico ha permitido desarrollar las diferentes teorías y argumentos bioéticos, que son el conjunto de pensamientos filosóficos que nos permiten evaluar el grado de aceptabilidad del uso que hacemos de los animales. Pasaremos, seguidamente, a realizar un repaso breve de las principales teorías bioéticas.

UTILITARISMO: “La moralidad trata de maximizar el bienestar humano y animal"

Ha evolucionado desde la filosofía de la igualdad de Bentham (“Cada uno cuenta como uno y ninguno como más de uno”) utilizando el ejemplo de la esclavitud y el racismo para explicar la inmoralidad de la discriminación. Bentham deseó saber por qué los humanos tienen derechos y los animales no:

“Llegará un día en el que la vellosidad de la piel, la terminación del os sacrum o el número de extremidades sean razones insuficientes para abandonar a un ser a su suerte. ¿Qué es lo que dibuja la línea insuperable? ¿Es la capacidad de razonar o quizá de hablar? Sin embargo, un caballo tiene una capacidad de razonar mucho más desarrollada que un niño recién nacido, de una semana o incluso de un mes. La pregunta no es ¿Pueden razonar? O ¿Pueden hablar? La pregunta es ¿Pueden sentir?.

En la actualidad el utilitarista más conocido es Peter Singer quien escribió “Animal Liberation” en 1975. Singer, al igual que Bentham, aboga por la igualdad y que el mayor interés debe prevalecer, con lo cual basándose en esta idea de coste-beneficio, el coste de una acción sobre los animales no debe superar los beneficios obtenidos de la misma.

Los animales, como los humanos, merecen consideración moral. Lo que importa en nuestra relación con los animales es hasta qué punto afectamos su bienestar. Cuando decidimos qué debemos hacer, debemos considerar las consecuencias sobre el bienestar de los animales tanto como los potenciales beneficios para los humanos. Las actividades que pueden tener un impacto negativo en el bienestar animal pueden estar justificadas si  tienen un balance positivo total. Por ejemplo, sacrificio de animales para alimentación, siempre que las condiciones ambientales, de manejo y sacrificio sean lo mejor posible.

Atendiendo al caso de la producción de toro de lidia, el argumento utilitarista justificaría esta producción de dos modos. Por un lado, las personas que acuden a las plazas para asistir al festejo y disfrutar de los valores estéticos, plasticidad, sensación de riesgo y autenticidad que la lidia comporta lo hacen en mayor número que aquellas que acuden a protestar porque estos eventos se celebren. De esta forma, en la balanza coste-beneficio sería mayor el beneficio que el coste. Por otro lado, los animales están en una situación de mayor bienestar que la mayoría de las especies y razas domésticas siendo conflictivos, desde el punto de vista del bienestar, tan sólo algunas prácticas de manejo concretas (herradero, tienta y transporte, principalmente) y la lidia, con lo cual considerando el tiempo que vive el animal y el tiempo en el que su bienestar se encuentra comprometido también sería mayor el beneficio que el coste.

KANTIANISMO Y TEORíAS DEONTOLóGICAS: “La moralidad se basa en acuerdos”

Basada en reglas y obligaciones desarrolladas de la filosofía de Emmanuel Kant, por lo cual recibe la denominación de kantianismo, argumento contractual o deontología.

Al contrario que en el utilitarismo, en esta teoría se desliga lo acertado o erróneo de una acción de sus consecuencias y, siguiendo al filósofo alemán, el valor de un animal depende de su valor para las personas, pues no tienen intrínseco. Por ello, creen que no tenemos obligaciones directas con los animales. Se basa en la ley moral de que las personas nunca deben tratarse como medios para beneficiar a otras personas. Sin embargo, los animales sí son considerados como instrumentos para beneficio de las personas.

Sólo tenemos obligaciones morales con las personas en función de los acuerdos establecidos con ellas. La idea básica es que las obligaciones éticas derivan de acuerdos mutuos o contratos entre personas. Las obligaciones morales son similares a los términos que firmamos cuando, por ejemplo, abrimos una cuenta bancaria. Cada uno de nosotros tiene sus propios intereses y pleno derecho a perseguir los, sin utilizar a otras personas como instrumentos para ello, pero, en muchas ocasiones, nos beneficiamos de la ayuda de otros. Otros pueden encontrar interesante colaborar, siempre y cuando ellos también obtengan algún tipo de contraprestación a cambio. Así pues, la cooperación mutua es interesante para todos. Es lo mejor para todos. Cuando cooperamos establecemos acuerdos y son ellos los que implican obligaciones éticas.

Dichos acuerdos necesitan estar formalmente establecidos del mismo modo que lo están los comerciales, aunque pueden estar implícitos en el comportamiento humano. De este modo, los animales no-humanos no pueden establecer un acuerdo contractual, pues carecen del entendimiento y del control necesario para hacerlo. Como resultado, los animales no pueden crear ni tener obligaciones morales. Nosotros, no obstante, podemos tener obligaciones éticas indirectas hacia los animales, pues ellos pueden importar a otros humanos. Si tú te has comprometido con una familia a cuidar de su gato mientras ellos visitan unos familiares, tú debes hacerlo. En este caso, el gato está indirectamente protegido por tu acuerdo.

Bajo este argumento los toros, en sí mismos, no tendrían derecho a protección moral. Sin embargo, las normas y acuerdos establecidos en los distintos Reglamentos Taurinos aprobados por las diversas Comunidades Autónomas los amparan y debemos cumplir esas normas de modo que sería inmoral, por ejemplo, la manipulación de las astas, no porque vaya en contra de la integridad y dignidad del animal o porque suponga una merma de su bienestar, sino porque sería no respetar una norma establecida en el reglamento. Dada la formación recibida por la mayor parte del colectivo veterinario, tendemos a pensar que este argumento deontológico o contractual es el único existente o, en el mejor de los casos, el de mayor importancia.

DERECHOS DE LOS ANIMALES: ”Buenos resultados no pueden justificar medios perniciosos”

Esta teoría, desarrollada por Tom Regan, establece que tanto humanos como animales merecen protección moral, pues ambos tienen valor intrínseco y son capaces de experimentar sentimientos. El valor de los animales no depende de su utilidad o su significado para el hombre. Sin tener en cuenta si tienen o no capacidad para razonar, todos los seres capaces de “sentir” no deben ser utilizados como medios para beneficiar a otros. Este argumento está extrapolado del kantianismo, pero Regan incluye a los animales en su versión: ‘Los animales de laboratorio no son nuestros probadores, nosotros no somos sus reyes’.

No obstante, Regan clasifica el valor inherente en función de ciertas propiedades, como creencias, deseos e intenciones. Los animales que poseen un nivel bajo en estas propiedades, tienen menos valor inherente y merecen menor protección moral.

Los defensores de los derechos de los animales se oponen al utilitarismo. Creen que hay reglas éticas fijas que ponen límites a nuestro trato hacia los animales: hay ciertas cosas que no estamos autorizados a hacer a los animales cualesquiera que sean las circunstancias o los beneficios que emanen de ellas. Esta idea de una prohibición no-negociable, es lo que habitualmente se quiere decir cuando se habla de “derechos de los animales”.

Sin embargo, una cosa es decir que los animales tienen derechos y otra decidir cuáles son esos derechos. Esto significa que el argumento de los derechos de los animales se presenta en formas más o menos radicales. Los defensores más extremos de los derechos de los animales mantienen que estos tienen derechos iguales a los humanos. Obviamente, este punto de vista excluiría derechos únicamente humanos como pudiera ser la libertad de expresión. No obstante, incluye el derecho a no ser asesinado en beneficio de las personas (excepto en defensa propia).

En el otro lado, la reclamación puede ser que los animales tienen derecho a ser tratados “con respeto” o “humanamente”, es decir, nosotros no debemos hacer daño evitable a los animales. Los defensores más débiles de esta teoría no necesitan descartar la cría de ganado y el sacrificio de especies domésticas.

La posición de los defensores de los derechos de los animales con respecto a la producción y utilización de toros de lidia sería claramente abolicionista, no considerando moralmente aceptable el uso de animales para disfrute humano en ningún caso. Los más extremistas con modos de vida vegetarianos estrictos consideran igualmente inaceptable matar animales para comer su carne o por el valor estético de su lidia. Sin embargo, contrarrestar el ataque de aquellos que mantienen posiciones más débiles (comen carne y productos derivados de los animales) resultaría sencillo, pues ¿cuál es su argumento para demostrar que la utilización de unos animales para disfrute humano estaría justificada y la de otros no? En estas personas muchas veces encontramos una doble moral que aplican en función de sus intereses.

RELACIONALISMO: “La moralidad nace de nuestra relación con los animales y unos con otros”

El argumento relacionalista es realmente un grupo de argumentos asociados. Lo que estos argumentos tienen en común es el énfasis en la importancia ética de las relaciones entre animales y seres humanos, al igual que entre personas.

En este caso nuestras obligaciones con los animales dependen de lo próximos que estén a nosotros o no. De este modo, tenemos obligaciones especiales con los animales domésticos pues nosotros cuidamos de ellos, pero, hablando en términos generales, no tenemos obligaciones con respecto a los animales salvajes.

Otros argumentos inciden en que nuestra manera de tratar a los animales puede afectar a nuestro trato con otros seres humanos. Así maltratar a los animales es una conducta equivocada pues refleja una actitud moral que puede permitir a una persona maltratar también a otra.

En cualquier caso, la teoría relacionalista puede mantener, simplemente, que siempre que exista una relación entre una persona y un animal (por ejemplo: un pastor y su rebaño) son aplicables unos límites éticos especiales en el tratamiento de esos animales. No obstante, como la idea clave aquí es que existe un valor en la relaciones cercanas, los teóricos relacionalistas van a menudo más lejos y mantienen que las relaciones cercanas deben ser fomentadas siempre que sea posible (mejor tener granjas de estructura familiar con un número de animales escaso para que pueda existir relación con ellos, que granjas industriales con miles de animales y operarios asalariados bajo un esquema industrial y sin relaciones).

Este argumento es difícil de aplicar en sentido estricto a la producción de toro de lidia dado su carácter particular, pero es innegable que cualquier persona que disfrute de unos días en el campo en cualquiera de las ganaderías situadas en las distintas tierras adehesadas sentirá una mayor necesidad de defender este medio de vida y producción que una persona que no haya tenido esa experiencia. Esta debería ser una de las estrategias a seguir para conseguir que la producción de ganado bravo continúe: la difusión de los aspectos relacionados con la vida del toro en el campo.

INTEGRIDAD DE LAS ESPECIES Y RESPETO A LA NATURALEZA

Rolston es el principal representante y proclama que es más importante proteger la integridad de la especie y su relación con el ecosistema, que los derechos de los animales individualmente. La extinción o la interferencia en la integridad genética de una especie se considera moralmente erróneo y éticamente inaceptable, pues cuando una especie se extingue el problema no es sólo la pérdida de recursos genéticos y oportunidades de disfrute, es que esa especie tiene valor en sí misma y el valor se pierde. Este es el argumento de los que se oponen a los organismos genéticamente modificados (OGM).

De nuevo, dado que preservar las especies es moralmente bueno por sí mismo, debemos respetar la naturaleza y su rica estructura genética. No debemos modificar genéticamente las especies, pues eso supone una interferencia irrespetuosa. Algunas de las críticas a este argumento se basan en que los cambios en el genoma suceden de modo natural produciendo una evolución de las especies en el tiempo, pues el genoma no es estático sino dinámico.

Desde esta óptica, se justificaría el mantenimiento de la producción de toro de lidia en la medida en que la abolición afectaría no solo a la pérdida de la estructura y riqueza genética de la especie bovina sino también pondría en peligro el mantenimiento del ecosistema de la dehesa con todas las implicaciones para la biodiversidad que ello supondría.

CONCLUSIONES

Finalmente, surgen algunas cuestiones sobre las que deberíamos reflexionar:

¿Es moralmente aceptable dejar que una raza se extinga porque no nos gustan los 15 últimos minutos de su vida?

¿Es moralmente aceptable poner en peligro el mantenimiento de un ecosistema único al abolir los espectáculos taurinos?

¿Es moralmente aceptable usar animales para disfrute humano?

Como conclusión me gustaría destacar 2 ideas:

-          Los cambios en la sociedad actual han incrementado el estatus moral de los animales por lo que la aceptabilidad moral del uso que hacemos de ellos debe estar justificada mediante algunos de los principales argumentos bioéticos.

-          Sólo desde el conocimiento podremos contribuir al mantenimiento de la producción de ganado bravo y su utilización en espectáculos taurinos, lo cual sería moralmente aceptable aplicando varios argumentos éticos, siendo el más relevante el utilitarista dado que los beneficios superarían a los costes, tanto para los animales como para el hombre.