INSISTIR EN LA SUERTE DE VARAS

INSISTIR EN LA SUERTE DE VARAS



Antonio Purroy, Dr. Ingeniero agrónomo


S. Martín El Viti, Matador


Antonio Miura, Ganadero


Victorino Martín, Ganadero y veterinario


Venancio Blanco, Escultor


Federico Arnás, Periodista


Julio Fernández, Veterinario


José Mª Moreno, Aficionado


François Zumbiehl, Aficionado (Francia)


Marc Roumengou, Aficionado (Francia)


Marcel Garcelli, Aficionado (Francia)



 



La suerte de varas se sigue haciendo mal en casi todas las corridas
de casi todas las plazas de España. Es un gran fracaso de la tauromaquia
actual. Y más, cuando la suerte de varas es la responsable máxima de que naciera
y de que se mantenga el ganado bravo en España, pues es con la puya con la que
se ha podido seleccionar la bravura del ganado en los tentaderos y medir la
bravura de los toros en el ruedo.



Recordemos someramente cómo debe realizarse y las
funciones tradicionales de la suerte de varas. Aunque la reglamentación taurina
española limita a dos entradas mínimas al caballo en plazas de 1ª categoría y
una en las restantes, los puyazos deben dosificarse en al menos dos encuentros
de acuerdo con la bravura y la fuerza del animal. La primera vez que el animal
acude al caballo no sabe con qué se va a encontrar, es a partir del segundo encuentro
cuando vuelve con ansias de crecerse ante la adversidad por su instinto de
bravura. El puyazo debe caer en su sitio, que es la mitad trasera del morrillo
y nunca en la cruz o detrás de ella y, sobre todo, nada de puyazos traseros y caídos.



No inventamos nada nuevo cuando decimos que hay que
picar en el morrillo. Desde la Tauromaquia de Pepe Hillo en 1793 hasta el
reglamento de Ruiz Giménez (1917), se decía que “había que picar en el
morrillo, allí donde el arte exige”. El reglamento autonómico de Andalucía dice
que hay que picar preferentemente en la posición caudal (trasera) del morrillo.
También el del País Vasco exige picar en el morrillo y “cesar en el castigo si
la puya cae en otro lugar”. El reglamento francés dice que “le picador devra piquer dans le haut du morrillo” (art.73). Por lo
que se ve, tan fácil de decir como difícil de conseguir.



Con la suerte de varas se pretende, además de medir la
bravura, restar fuerza y pujanza al animal para prepararlo para la faena de
muleta. Es verdad que siempre se ha dicho que se hacía humillar y se ahormaba
la embestida del animal mediante la afección de los músculos del cuello, así como
descongestionarle por la pérdida de sangre. Según estudios recientes, parece
ser que estos hechos tienen menos importancia de lo que se creía.



Lo que sí parece estar cada vez más claro es que el
toro bravo necesita sentir el efecto de la puya para que aflore el sentimiento
de bravura que lleva impreso en su código genético, bravura que le ayuda a
superar con éxito el posible dolor y el estrés de la lidia y del ejercicio. Estamos
convencidos de que la suerte de varas bien realizada ayuda a mejorar el comportamiento
del animal durante la lidia.



La acción de la puya -y en menor medida de las
banderillas- hace que el animal segregue endorfinas, que son opiáceos internos
que bloquean los receptores del dolor y amortiguan dicha sensación. También
produce la secreción de cortisol –hormona esteroidea que le ayuda a superar el
estrés de la lidia y del ejercicio-, y de la dopamina, que es un neurotrasmisor
que incrementa la frecuencia cardíaca y la actividad motora, con lo que se
mejora la funcionalidad para la lidia. En estos fundamentos científicos
empiezan a estar de acuerdo ganaderos, toreros y estudiosos, ahora solo es
necesario trasladarlos al público para convencerle de la necesidad de la suerte
de varas para el correcto desarrollo del espectáculo.



Bien es cierto que, para lucir al toro en la suerte de
varas, es necesaria la colaboración generosa del matador, empezando por la
adecuada puesta en suerte del toro. Que no le importe ceder parte del
protagonismo al picador de turno y que tampoco le importe que le reste algo de
pujanza al animal y alguna tanda de pases a la faena de muleta. Los aficionados
se lo agradecerán con creces, pues a menudo las faenas pecan por demasiado
largas.



 



Lo que
realmente ocurre



Lo que realmente ocurre con la suerte de varas actual es que
al toro no se le coloca en suerte de la manera adecuada, no se le cita como es
debido y no se tiene paciencia hasta que se arranque al caballo de largo,
momento en el que hay que montar y echar la vara para frenar la embestida en el
encuentro. Lo que a menudo se hace es meter al toro al relance debajo del peto
e, incluso, traspasando las líneas reglamentarias, tanto del toro como del
caballo. Una vez debajo del peto, se le pica trasero y caído, muchas veces se
rectifica el puyazo y se aplica sin dosificar, como si no fuera a darse más
puyazos, barrenando repetidamente con la anuencia del matador de turno. Por
ello, si se espera a que el toro esté debajo del peto para aplicar la puya es
casi imposible que esta caiga delantera. Cuando por fin termina de aplicar el
puyazo con intensidad, a menudo el picador no levanta el palo, lo mantiene
puesto y vertical al mismo tiempo que hurga en la herida con pequeños golpes y
giros de muñeca como si de un martinete y de un molinillo se tratara, prolongándose
el puyazo de forma innecesaria y tramposa. Y si el toro es bravo, mientras
siente el hierro en lo alto no abandona la jurisdicción de la suerte, por lo
que no es verdad que se quiera acabar con el encuentro, que se quiera sacar al
toro del caballo, es una gran hipocresía.



Todo lo que estamos diciendo se ve agravado cuando toda
la suerte se concentra en un único puyazo, el monopuyazo, que es la expresión
máxima de la realización incorrecta de la suerte de varas. Es lo que ocurre de
manera natural en las plazas de 2ª, 3ª… categoría donde sólo se exige un puyazo
y, en las de 1ª, donde el 2º puyazo se ha convertido en protocolario. Esto es
la negación natural de la suerte de varas.



Pero lo que es verdaderamente grave es la colocación
del puyazo, trasero en la gran mayoría de los casos. Cuando la puya cae en la
espalda, lejos del morrillo y cerca del lomo tiene muy fácil acceso -unos pocos
centímetros de piel, de grasa y de músculo- a las apófisis espinosas y
transversas de las vértebras de la columna, a las inserciones musculares en la misma
y a los paquetes neuronales y vasculares. Y si son acusadamente caídos pueden
atravesar los espacios intercostales y llegar a la cavidad torácica y afectar a
los pulmones, por ejemplo. De ahí la importancia de picar en la parte final del
morrillo donde existe una gran masa muscular recubierta de una capa de grasa
subcutánea, donde las lesiones no afectan a la columna, ni a los nervios ni a
los vasos relacionados con ésta, son sólo lesiones menores de grandes y
poderosos músculos.



El picar trasero puede llevar implícito otro gran
problema y es que se le fuerce al animal a levantar la cabeza en el último
tercio, con lo que se da al traste con el trabajo de selección en el que muchos
ganaderos están empeñados en la actualidad: que el toro humille, para lo que no
dudan incluso en cambiar la morfología por selección, produciendo animales que
tengan un cuello más largo y las patas delanteras más cortas.



En la mayoría de plazas francesas se ejecuta
correctamente la liturgia de la suerte, pero se cuida poco el lugar donde cae
el puyazo. Muchos aficionados que no conocen la anatomía del toro no reparan
dónde caiga la puya, para ellos todo es toro.



 



Futuro de
la suerte de varas



Somos de la opinión de que una hipotética desaparición de la
suerte de varas acarrearía la desaparición de la Fiesta de los toros y no
solamente de los festejos de lidia ordinaria, también de los festejos
populares. Así de claro y de contundente. Por ello, solo la pregunta ¿”Cree Ud. que la suerte de varas va a
desaparecer”?
resulta hiriente. Sin la puya no se podría seguir
seleccionando a los animales en los tentaderos. Sin la puya no podría medirse
la bravura del toro en la lidia y comprobar si se crece ante la adversidad. Sin
la suerte de varas no podría lidiarse un toro íntegro, bravo, pujante y con una
nobleza encastada que, por otra parte, es el que necesita la Fiesta. Solo este
tipo de animal puede garantizar el futuro de la suerte de varas y de la Tauromaquia
en su conjunto, por lo que hay que insistirles
a los ganaderos para que críen estos animales que son necesarios para realizar
una suerte de varas correcta y equilibrada.



Se dice machaconamente que el público actual no
soporta la suerte de varas. No, lo que no soporta es la suerte mal realizada,
la suerte carente de belleza y donde se ve que no hay equilibrio entre el picador
y el toro. Si se ejecuta bien la suerte, colocando al toro de largo, si se le
lanza la puya cuando llega el toro, si esta cae en el sitio correcto, si se
dosifica la suerte en más de un encuentro, si se levanta el palo de verdad una
vez picado, en suma, cuando el espectador percibe que se pica a favor del toro,
entonces disfruta con la suerte. Los momentos más brillantes y emocionantes que
se pueden vivir en una plaza de toros son cuando se realiza correctamente dicha
suerte, que levanta al público de sus asientos y pone a todos de acuerdo. Entonces,
la ovación para el picador es de gala. Es la gran fiesta de la Tauromaquia.



La realización correcta de la suerte casi nunca ocurre
en nuestras plazas. Como se ha dicho, sí sucede en bastantes plazas francesas
donde, curiosamente, el público es más sensible al castigo que en España,
porque existe una menor tradición taurina y porque en general el público
francés está más cercano a las corrientes ecologistas y de buen trato animal que
el español. Sin embargo, es con la suerte de varas con la que más disfruta y,
debido a su manera de concebir la tauromaquia, son mucho más exigentes en la
realización de la misma. Y es en Francia donde se produce a menudo esa catarsis
taurómaca colectiva que engrandece a la Tauromaquia universal.



Creemos firmemente, que el camino correcto es seguir
revindicando la suerte de varas si se quiere asegurar el futuro de la
Tauromaquia.